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domingo, 31 de agosto de 2008

People meter



Por fin en algo pierde la Disney. El émulo británico de Art Attack, Mr. Maker, les pasó el trapo Rui y al señor manitas sin esfuerzo y a poco de empezar.

Menos detallista en los trabajos propuestos y con una conducción mucho más divertida y loca, el taller de plástica del Discovery Kids se ha ganado un puesto de preferencia entre los artistas de mi casa, pareciéndonos las cosas que hace el chabón mucho más accesibles. También creo que está más bueno porque el muchacho parece disfrutar mucho más el proceso que del resultado.

De hecho, ahora que nos pusimos a confeccionar una maqueta de una célula animal, y pese a que usamos el remanido "engrudo especial" (plasticola con agua) que nos enseñara el programa de Disney, nos decimos todo el tiempo que somos Mr. Maker.

Este post no es nada importante, pero bueno, quería decirlo y para eso me puse un blog.

martes, 26 de agosto de 2008

Los ojos

Puta qué irónico. Me había dejado llevar por Osvaldo Bayer a través de su prólogo a "Operación Masacre". Y ahí estaba, en una composición extraña tenía el libro abierto sobre la computadora (también abierta, perpendicular) y ya sin ganas de una cosa ni la otra. No porque el libro no mereciera ser leído una y otra vez, sino porque llega una hora en que la cabeza quiere rendirse.
Y como ya no había nada de la compu que pudiera atraerme y -por más que se esfuerce el prócer en mantener mi interés- el libro quería volver a la biblioteca, empecé un proceso de cerramiento masivo.
Pero me detuve un instante a leer un cartelito de esos automáticos con que te escorcha windows: ¿desea cerrar todas las pestañas? Desea cerrar todas las pestañas. Eso viene a significar que tengo más pestañas que el par con el que creo contar. Por ende tengo más de dos ojos. Y la compu me pregunta si quiero cerrarlos todos.
Bien podría ser un insecto, una araña por ejemplo, o un monstruo del espacio. O acaso el programador de Windows se ha estado metiendo en cosas del hinduísmo, por eso del tercer ojo, del ojo interior, vaya a saber.
Y, en efecto, cuántas veces me dan ganas de cerrar todas las pestañas. Dormir, pero dormir en un sueño largo y completo, reparador de las superpuestas vigilias que implica estar despierto. Cerrar todas las pestañas, dejar de ver con las pupilas y con el alma, con las manos, con la nariz, con la intuición, dejar de ver lo que no está porque es futuro o pasado. Nos la pasamos viendo las ondas en el aire, viendo el porvenir de sombras y de luces, promisorio y sombrío, incierto pero materializado por los ojos que ven a la nada.
Cerrar todas las pestañas. Qué tentación. Y qué infierno.

sábado, 23 de agosto de 2008

La supresión del espacio-tiempo en el supermercado



Por vivir cerca del supermercado Carrefour, resulta común que compras muy corrientes las realice allí en donde otros marplatenses van los fines de semana para aprovisionarse y dejarse bombardear por los cañones de colores y ofertas de la cadena francesa.

Ocurre que por la asiduidad de mis visitas, he llegado a catalogar perfectamente los estados anímicos que me van invadiendo desde que agarro el carrito y hasta que lo dejo en reemplazo de mi coche al partir.

La primera faceta es la de cierto módico optimismo, al evitarme recorrer varios negocios para hacer mis compras con el concomitante perjuicio de ubicar el sitio, parar el auto, bajar y volver a subir. En esa retahíla de góndolas hallaré lo que se acabó o lo que es menester.

Pero enseguida el lado bueno empieza a derretirse, dejando paso al otro. Humanoides recargados en los barrotes de conducción de sus vehículos de alambre, bloquean el acceso al pan, al café, a la balanza de la verdulería y - más que nada- al sector de la carne. Lo que pensaba que era cosa de minutos, empieza a mutar hacia una eternidad kafkiana, como salir de Punta Mogotes cuando vino una tormenta. Hay allí un choque de civilizaciones y de épocas: yo, un hombre del siglo XXI (ahora hasta celular y notebook tengo), arrastrado por un ritmo frenético, debo convivir con esta gentuza decimonónica que lee carteles con la cadencia de monjes copistas. Sopesan cada producto como si en ello les fuese la vida, y yo siento que mi vida consume años en mis compras en Carrefour.

Pero si el elegir mis productos no fuese suficiente, queda la instancia de la caja. En esa, paso del odio más homicida a cierta resignación pesimista: cualquiera que elija me consumirá vivo. O me toca el cajero más pelotudo y lento de la tierra o el carro a medio llenar de la vieja de adelante se irá llenando hasta el tope merced a los viajes de un anciano que, de a una cosa por vez, cual si fuera un pájaro trayendo ramitas, completará un nido abigarrado de leches y fideos, yerba y aceite que agregarán cuarenta minutos a mi espera. O bien el escáner no leerá nada y deberán apuntarse los códigos manualmente, o el cajero quedará semiparado en estado catatónico esperando a un supervisor invisible e imaginario que nunca lo verá para anular o traerle cambio de 100. O la señora de adelante no tendrá crédito en la Visa electrón o pagará con tickets canasta a sumar y volver a sumar, detrás de los cuales la cajera anotará a qué hora se los dieron, para qué compra o el peinado de la clienta.

No hay manera de ganar, no hay manera de ganar. Todo lo planificado para mi día será entregado gratuitamente al tiempo ralentizado y demente del sistema de compras centralizadas. De haber ido a la verdulería de la vuelta, al kiosko y al mercadito, ya estaría en casa. Pero no, con tres pelotudeces que se desvanecerán para mañana, floto en este espacio fantaseado, en este tiempo grumoso, en este reloj dibujado con crayones del Carrefour.

Ya me siento mejor, gracias.

sábado, 16 de agosto de 2008

SOLIDARIDAD CONMIGO


HOY VOY A ESCUCHAR A MI SUEGRA EN UN CORO

viernes, 8 de agosto de 2008

jugale al 38

Me da impresión la cantidad de vidas y posibles destinos que ya caben en mi vida.
Dentro de poco cabrán dos yo de 20.
Me da curiosidad saber cómo le fué al yo que quería ser veterinario
y al yo que se entregó a la bohemia mientras estudiábamos en La Plata
o al que eligió perseguir el dinero.

Y todavía no se qué voy a ser cuando sea grande.
Aunque no se si la pregunta era ser o hacer
Ser o hacer, esa es la cuestión.

martes, 5 de agosto de 2008

Pequeño cuento que se me dió por ilustrar


Un día, el señor oso se encontraba a punto de defecar, cuando el señor conejo se ubicó junto a él con idéntico motivo.
Mientras ambos se hallaban haciendo fuerza, el señor oso preguntó al señor conejo:
- a tí te molesta cuando la caca se adhiere a tus pelitos?
El señor conejo lo meditó un instante y respondió:
- No, para nada.
Y entonces, el señor oso se limpió el culo con el señor conejo.
Fin


viernes, 1 de agosto de 2008

Todo tiempo pasado fue anterior

Cuando yo era pequeño, mi madre no usaba las tijeras en la cocina. Ahora, en cada comida las estoy buscando.
Pero sí usaba un martillo de madera para convencer a las milanesas de ser tiernas. Y yo creo que ahora las milanesas ya vienen convencidas.

Y recuerdo a la abuela del gordo Biasucci estirando y retorciendo el cuello de una gallina. Después la colgaba pico abajo de una puerta y al rato la decapitaba. Después la destripaba, la lavaba y la desplumaba. Todavía conservaba la gallina sus patas por debajo de las rodillas, con uñas y todo. El otro paso era cortar esa parte y pasar todo el cuerpo por una hornalla para chamuscar los últimos restos de plumas.
Si un niño de ciudad viera todo esto, no comería pollo nunca más. Pero qué sabor el de aquellos cadáveres tan meticulosamente moridos.