Buscar este blog

miércoles, 24 de junio de 2009

De Walsh a Ronnie Arias


Ya me tenía harto el rock chabón. Ese rocanrrol de garage, con fanáticos tribalizados, cortes de pelo especiales, voces roncas de sus vocalistas y la pseudo rebeldía consistente en hablar del faso como si con eso se le tocara alguna parte del culo al sistema.

Pero ahora he descubierto un plus ultra super del hartazgo mío interior por las imposturas humanas: los noteros que se hacen amigos de los chorros. Meta viajar por el conurbano, meta charla con el hampa de poca monta, la televisión nos viene inundando con los hijos bastardos del original Fabían Polosecki, puestos a ufanarse del relativo riesgo de internarse en cuanto submundo se les va ocurriendo. Que te mostramos cómo son los pandilleros, que tomamos mate con ellos, que nos enseñan a desvalijar una casa.

Trataré de darme sentido. Por empezar, y desde el vamos, evacúo sobre si a la gente le gusta o no le gusta este tipo de programas de América o Telefé. A la gente le gustaba Blumberg y a más de uno mandé a cagar con su juntadita de firmitas de burguesitos asustaditos y ay así no se puede seguir. O sea, si a la gente ahora le gusta que Martín Sicioli vaya y se junte con un grupete de asaltantes, allá la gente.

El problema es que un grupo de estúpidos periodistas blancos - más, quizá algún un actor periodista negro que rescataron de Tumberos para que busque empatía en el aproche al ámbito delincuencial- imagino que salen a levantar minitas o tipos vistiendo un aura de cojonudos por algo tan sencillo como darles cámara a gavillas que sí querían cámara, a las que no se les sacó declaraciones por la fuerza, sino que aman que los reporteen contando sus hazañas. Genial, al problemita de la inseguridad agreguemoslé que los pibes chorros cuentan con periotudos a quienes contarles sus relatos épicos.

En algo creo que esto se asemeja a la apropiación de los niños blancos de buena posición y de todos los tiempos de manifestaciones culturales negras, aborígenes y mestizas, rantifusas en general: tango, gospel, hip hop, rap. Y en este orden prefiero mil veces a Yerba Brava o Los Pibes chorros, que ejecutan esa música pedorra pero legítimamente surgida del mismo arrabal al que se dirigen.

Los chicos audaces de la tele hacen turismo por la miseria. Ojalá se ocuparan de denunciarla, de identificar sus causas, de combatirla, de cargar contra los que se quedan con los recursos. No señor, cuando se topan con un De Narvaez apenas le sueltan uno de sus chascarrillos cecucéanos que no joden a nadie que no repudian a nadie y para irse con él a tomar uno de chocolate en Freddo.

Para después volver a enfocar chicos que se matan con paco. Pura mierda, puro voyeurismo morboso de clase media que quiere conocer la cara de lo que tanto teme. No para comprender las razones hondas de la marginalidad, sino para no errar el balazo a sus emergentes.
Pero ser un signo de la época. Pareciera que de la política argentina lo único que nos molestara es "la falta de republicanismo" como si este pueblo fuese sueco o militara activamente en la defensa de la democracia. Notaron que ni siquiera hay preocupación por lo corrompido del sistema o los negocios que se mandan los que detentan el poder? Notaron que la lucha Campo/Kirchner fue la única contienda por lo recursos nacionales de los últimos tiempos? Notaron que el foco en la violencia cotidiana esconde la carencia de genuinos representantes de los sectores más hundidos?
La sociedad se pajea con Policías en acción, la única acción consensuada. Se entroniza a las Cumbios, bichos raros pero que se quedan en su casa a escribir pelotudeces en vez de... no sé, tirarle un huevazo a Roberto Aleman. Nos fascina ver cómo se revientan los chicos afuera de los boliches, alguien tiene que exorcizar la bronca indefinible.
Patéticos. Somos. A veces.

domingo, 14 de junio de 2009

La dignidad del artista

"Me hubieran dicho que no venían. Tanto correo, mensajito de texto, cuando me los cruzaba por la calle. Todos sí claro, ahí estaremos, firmes. Y después no vienen, para qué dicen" rezongaba el cantor mientras se cambiaba en mi oficina. Los pantalones planchados reemplazaron a los jeans, zapatos lustrados a los de guerra, una camisa inmaculada.
"Viste como es esta ciudad - traté de mitigar desde atrás de mi escritorio - es impredecible. Te acordás lo que le pasó al viejo Polera cuando lo trajo a Ricky Martin. Tuvo que abrir las puertas del estadio y regalar las entradas. Sólo en Mar del Plata pasa eso". Y mientras en el salón una amiga del cantor vendía tarjetitas a las pocas personas que vinieron a escucharlo: "es totalmente aleatorio, capaz que cuando menos lo esperás, cuando menos prensa hiciste se te llena, es inexplicable, depende el humor de la noche". Y él que me cuenta una anécdota de Uruguay, de un viaje suyo en que lo fue a escuchar a Benedetti leer poemas en una librería más chica que ésta y que lo había anunciado en una pizarra mistonga, escrito con tiza: esta noche Benedetti. Qué Benedetti, Mario Benedetti? preguntó el cantor. Y era. Y sólo habían ido unas quince personas. Hacía poco que se le había muerto la mujer y el maestro estaba mal.
Como suelo hacer, cumplido el objetivo de la charla, hice algo para ahogarla. Le deseé suerte y me escabullí por la otra puerta, dí la vuelta y encendí los tachos de luces que mezclaron rojo y ocre sobre el banquito de madera. El salón de café lo esperaba poco, seguía la cafetera con su ruido a locomotora, seguía escuchándose "un cortado", "un cortado? chico?", la gente que caminaba. Y entonces entró el cantor por la puerta contraria a la que usé para escapar de la charla. Agradeció, mencionó, anticipó, con la humildad de los grandes. Y el flaco le entró al piano de una manera bárbara. Y este hombre, al que le fallaron amigos y alumnos de canto, empezó con sus tangos y los cantó magistralmente. Y yo que nunca me quedo, esta vez me quedé sentado en la banqueta, poniéndole oído y poniéndole mirada. Por sus zapatos, por la camisa inmaculada, por la dignidad. Me resultó después imprescindible bajar la botella de Bols y servirme un vasito de ginebra. Brindé para mis adentros por el alma de los artistas, a veces ególatras, a veces histéricos, dependiendo siempre de esa sopa nutricia hecha de aplausos.
Para ustedes compañeros, salud.