Buscar este blog

jueves, 29 de octubre de 2009

Cápsula del tiempo



Habrá vida más allá de la vida?
La pregunta vale también para las cosas. Algunas ya nos dejaron, otras lo harán pronto. Y como lo único tangible es nuestra capacidad de recordar, va aquí una primera lista a salvar de la extinción por olvido.
Deseo conservar:
  • el olor y el sonido de la máquina de escribir, el aroma penetrante de la tinta, el repiqueteo de las teclas (un sonido que cambiaba con el papel mal ajustado), la campana de fin de línea. El mecanismo de sube y baja para las mayúsculas, el racimo de letras enredadas.
  • el perfume a galletitas molidas de la bolsita cuadriculada de jardín.
  • el de cuero transpirado de la cartera de la escuela.
  • el perfume compuesto de una chica de primer año: chicle bazooka, una colonia y el sudor de una mañana de noviembre.
  • los zapatos Paggi a estrenar el primer día de clases.
  • Los carbónicos, los secantes, el transportador de chapa, los sacapuntas y reglas que cambiaban de imagen al inclinarlos.
  • Las galletitas insípidas de color claro con las figuras de titanes en el ring.
  • las figus de los autos locos, las tapitas de Crush con animalitos, venían todas menos el surubí.
  • los Poketers
  • los cospeles dorados para llamadas locales. Los cospeles plateados que usaba en La Plata para llamar a casa (una pilita junto a la ranura que iba bajando inexorablemente). Los teléfonos pinchados.
  • El olor a trementina y óleos del guardapolvo de papá que dejó apoyado en un caballete del quincho. El sonido de su maletín contra la pared cuando llegaba de viaje.
  • Los Kalkitos.
  • Las peripecias con la 303. El recambio de cartuchos, los dedos enchastrados.


jueves, 15 de octubre de 2009

Mirar atrás


En pocos días pasó que me encontré, 20 años mediante, con unos amigos de la facultad; y dos personas cercanas tuvieron reencuentros parecidos. Y con tres modestos casos, ya estoy pensando en una regla general: hay cierta necesidad de no perder contacto.
Los motivos, creo, saltan a la vista. Por si no, arriesgo cuáles son para mí:
  1. Solemos extraviarnos. A veces nos pasa, como dice el tango, que no sabemos qué bondi hay que tomar para seguir. Orillando los 40, también nos cansamos de emprender por lados desconocidos. Qué mejor entonces que desandar unos pasos y reirnos un rato con vivencias del pasado, que acaso nuestra memoria pudiera descartar en el futuro.
  2. Solemos cambiar. No somos exactamente lo que fuimos. Sí conservamos la esencia, y eso nos basta para no reconocerle al tiempo su trabajo. Pero cuando uno siente que algunos cosas ha aprendido, alguno soberbia se ha mitigado con las trompadas de la vida, quiere una charla con el que fue en el pasado (y ahí está uno traído hasta el presente por amigos que nos recuerdan) para decirle "macho, no era así la cosa".
  3. Pero también extrañamos de uno ese apetito que tenía por buscar el rumbo. Y esas enormes, amplias posibilidades de equivocarse y empezar por otro lado. La irresponsabilidad maravillosa de distraerse de los apuntes para jugar a los dados. De ver amanecer entre risotadas (pienso ahora en una anécdota sobre los ñoquis que se comió la tía de Walter, contada a las 5 de la mañana, y que nos desparramó por el césped de una plaza doblados de risa), ese mundo más grande que el mundo que es el mundo de los amigos.
No es cierto que el tiempo pasado es el mejor, pero cualquier cosa vista en perspectiva mitiga las imperfecciones que tanto duelen de cerca. Este mismo presente será el pasado de nuestro futuro y esta muela que me duele será reemplazada en mi memoria por la paleta de arriba que se le cayó a Lari o por la beatlemanía que vivencia Camila. Así es tan lógicamente bello mirar para atrás.

Lo que tiene de bueno este mundo de hoy es que, facebook y correos mediante, nos permite hacer de la nuestra una historia circular, sin un atrás ni un adelante. Es posible que sin quererlo nos ayude a comprendernos como un todo, ya no como la suma de nuestras partes.

domingo, 4 de octubre de 2009

El grillito inmortal.



Nada hay más difícil que encontrar un grillo en una librería. Podría estar bajo las mesas, en la vidriera, prácticamente en cualquier parte. Además es una búsqueda carente de sentido, porque no puede matarse un grillo sin que atraiga la mala suerte. Así que tampoco le pusimos mucho énfasis. Creo que ninguno quería admitir esa limitación cabalística ni verse suplicando a un insecto que haga silencio. Cri cri, cri cri.
El tema era que había recital en el salón. Mi oficina, alguna vez comenté, es una suerte de camarín, de bambalina, de back de los números artísticos. Yo últimamente estoy medio podrido del arte, así que apenas respondo a las muchas frases que tiran los artistas, apenas despegando la vista del monitor donde juego poker on line.
Estos estaban de negro, camisa negra, pantalones negros. Dos guitarristas virtuosos. Mientras uno tocaba en el salón, el otro esperaba en la oficina y también tocaba. No sé para qué, si toca bien. Para romper las pelotas.
Y el grillo seguía ahí. Cuando di la vuelta por la barra del bar me dí cuenta de que estaba en una viga del techo. Fui a ver el recital para hacer alguna cara a la hora de los agradecimientos al local. El grillo seguía. Nos pareció muy graciosa la alternancia entre el dúo de guitarras y el grillo.
En fin, pensé que escribirlo me iba a inspirar un cuento o alguna metáfora que mezcle las guitarras, el grillo y hasta la muerte de Mercedes Sosa más o menos a esa hora. Pero no.
Las musas no siempre están de turno.
cri cri cri...