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miércoles, 27 de enero de 2010

viernes, 22 de enero de 2010

De chico, mandarinas y ciruelas apenas gestadas, ácidas hasta el entumecimiento de mandíbula. Ahora, no sé por qué, a las ciruelas las quiero amarillas y dulces, flotando en un balde con agua, como las que recuerdo de un verano en el campo de Pedrito, un tío segundo tartamudo. Las quiero a punto de parir, que al morderlas rompan fuente en la boca.

Y a los atardeceres los quiero frente a una laguna indeterminada, sentado en un muelle con una pequeña caña, con la boya naranja registrando piques que terminan siendo cangrejos comiéndose la carnada. Atardeceres de Criollitas con paté y peces saltando y un croar que ensordece mientras los tábanos se lo comen a uno.
Las despedidas cortas. Sin embargo, me gusta el final de Don Segundo Sombra: "La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé que era muy pronto. Sin embargo, era él, lo sentía porque a pesar de la distancia no estaba lejos. Mi vista se ceñía enérgicamente sobre aquel pequeño movimiento en la pampa somnolienta. Ya iba a llegar a lo alto del camino y desaparecer. Se fue reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos. Sobre el punto negro del chambergo, mis ojos se aferraron con afán de hacer perdurar aquel rasgo."
Ignoro si realmente será una forma de enriquecerse. Se me ha dado por atesorar registros sensoriales. Un álbum que integran, por ejemplo, el olor a lavandina de las manos de mamá al intentar ayudarme con las tareas ("intentaba" no porque no pudiera ella con la tarea, no he podido yo con las ayudas), el primer correteo de Cami hacia mis brazos, la descomunal escultura que las nubes formaron en el cielo un verano, el sabor de los Superbazooka de naranja que mascábamos con Marcos. Las cosas inútiles de la memoria de Funes, el de Borges. Inútiles pero constituyentes de la vida, como los contratos, como las graduaciones. Quiero la sabiduría de ver el todo, pero el arte de ver también cada detalle.

martes, 19 de enero de 2010

Haití / Galeano



La democracia haitiana nació hace un ratito
por Eduardo Galeano
Sin Permiso LA DEMOCRACIA HAITIANA nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto. El voto y el veto Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera. Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole: - Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen. La coartada demográfica A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema: - Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede. Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado. En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado. .. de artistas. En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro. La tradición racista Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene "una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización" . Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: "Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses". Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: "El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro". En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: "Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas". Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro "puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras". La humillación imperdonable En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores. La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía. El delito de la dignidad Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra. Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad. La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.

domingo, 10 de enero de 2010

Una menos y no jodemos más


No entiendo, no lo quiero entender, nunca nunca lo haré. Qué tiene la música, a ver decime, que tiene por sobre otras ramas del arte para incorporar esa molesta modalidad de la yapa, comunmente llamada "una más y no jodemos más".
No lo puedo evitar, me fastidian los recitales. Búrlense ustedes amantes del pogo y del yalala y del olé olé olé, hagan mofa de mi defecto. Me cansan a la mitad. Es más o menos hasta donde llega mi voluntad de hacer palmas y de corear estribillos (acción a la que de entrada me niego por esto de que yo pago para que VOS cantes). Después de ese momento todo es esperar a que por fin se termine. De estar en mi casa ya estaría escuchando a un músico distinto o -lo más probable- mirando Los Simpsons. No sé, tengo poca capacidad de atención o la música que me gusta no me gusta tanto como creía antes de ir al recital.
Y cuando por fin parece que se terminó, cuand0 ya metieron el hitazo y todos los temas de relleno, cuando ya todos aplaudieron a rabiar con lágrimas en los ojos y toda la banda se despide y yo ya me pare con la camperita y las llaves, brota desde el piso el canto lastimero y mendicante, la turba toda se entrega al reclamo de otro pedacito porque -claro- nunca nunca será suficiente y los podríamos escuchar todo el día sin ir al baño. Una más y no jodemos más (x5 o 6). Me dan ganas de darme vuelta y decir: déjense de joder ahora pelotudos. Y ahí va todo de nuevo. Vuelven los músicos (no se habían ido) con cara de "y bueno, si nos lo piden así" y salen con otro temita que a vos pelotudo sin remera te vuelve loco. Y dale, y las palmas, y dale que va.
Lo que yo no entiendo es por qué esta misma gente no va a teatro y hace lo mismo. Ya sé que no va mucho, pero ponele que vaya. Y cuando salen los actores les cantan ésto y así le agregan otra escena. O van al museo y en la puerta piden otro cuadro o en el cine piden un replay.
Ah, cuando hacen otra entradita sí se justificó la entrada? Antes no? Es en la yapa el orgasmo de la muchedumbre en los recitales. Si no, es como no hubieran podido acabar.
Basta de cantitos pedigûeños. Yo esperaré en el auto con cara de culo.