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viernes, 21 de enero de 2011

Al calor del verano



No gusta el verano, no. Nunca gustó verano a mí. Puede ser trauma de mi niñez de gordo. A los gordos no nos gusta la playa, sobre todo con nosotros expuestos en ella. Nuestra piel es blanca y codiciada por los rayos UV; nuestras dermis se escaldan en modo camarón.
Y después mi categoría Cadete de Conserjería, haciendo horario cortado y esos trámites bancarios de última hora en plena temporada de los '80 con la peatonal hasta las tetas y el banco que ni te digo. De andar por allí, San Martín entre Santiago y Santa Fe, viene seguro mi fobia a la asociación ilícita de olores que sale de los turistas. Olor a basura que exhalan las cocheras y los rincones oscuros de pizzerías y restaurantes. Olor a bronceador rayito de sol. Olor a perfumes de señora. Hedor a mierda de la mucha mierda que se escurre por debajo de la peatonal y golpea gaseosamente la nariz en las esquinas. Y Olor a Nivea y a café con leche derramado de a 200 tazas por vez para el contingente que sale. Olor a milanesa con una capa así de pan rayado. A rabas fritas en un aceite milenario. A Jorge Corona borracho, tirado en el piso y moviendo la manito en un último estertor.
"No nos podemos quejar, vivimos del turismo" gritan los oyentes de La mañana de María Delia. Esta. Los dueños de los medios de producción vivirán del turismo, los proletarios vivimos de las migajas que se derraman de las mesas donde devoran los amigos de Barrionuevo, un banquete donde se sirven piernas de camarera en lonjas. Me acuerdo si de las propinas con las que pagaba mi taxi en las madrugada, harto ya de esperar el 553, después de mucho otear el horizonte, la corbata volando por la brisa del mar tragado por la noche, en medio de los gritos de borracho de la calle Bolivar.
Los días son más largos, en verano, los dìas son eternos. Y los días largos eternos son bellos para el que descansa, para el que se fuma la luna sentadito al borde del agua. Pero mientras unos fuman luna otros fuman la prepotencia, la cara de orto del que tiene derecho porque paga, un derecho ilimitado y sin miramientos, porteño. Exijo ver al dueño, esto es un escándalo, de aquí me voy a Derechos del Consumidor, del consumidor, del consumidor.
Creo que no quiero ir a ninguna parte en verano. Pero a veces se junta tanta gente que uno camina y va siendo parte de distintas colas. Para comer, para ver Vedetísima, para la promoción de champú. Aunque bajes a la calle y te muevas sos parte de una cola, te desplazás tan lento, tan mortuoria y sardinescamente quieto.

Hasta los culos me hartan. Me fastidia esa sobreoferta visual que devalúa el placer de ver un culo.

Hay bichos: aguaciles, estúpidas polillas difíciles de aplastar y que cuando las aplastás dejan una mancha aterciopelada y con patitas en las paredes, escarabajos voladores, moscas. Odio en especial a los mosquitos volando en la oscuridad, deteniendo su pequeña alarma incorporada en un sitio indeterminado de la pieza. Doy manotazos aleatorios que no me dejan la tranquilidad de haber matado, sino la certeza de estar siendo bebido en un lugar inalcanzable para mi mano, que también quiere dormir.
Me canso de comer fiambre, pero no quiero cocinar. Quiero sánguche, Ser citrus (no serlo yo, la marca "Ser") y alejarme del sol. Intento dormir y me despierto flotrando en mi propio caldo.
En el interior de mi auto hacen 50º. No tiene refrigeración y las ventanillas andan mal.
Me baño más veces de las que quiero.
Odio el verano. Me enloquece. Lo abomino.

Felices vacaciones a todos los veraneantes. A disfrutar.