Buscar este blog

martes, 3 de abril de 2012

zoología en primera persona

Estoy copulando. Soy una liebre. Un gesto mecánico que repetimos asiduamente. Nos nace, nos lo pide el cuerpo. Los roedores en general creemos que el mundo es mejor con muchos de nosotros, el mundo ideal tendría muchas liebres. Será que nos sabemos un plato preferido. Un tema saberse comida. Y no es que lo decidimos hoy con esta liebre que ahora sale corriendo sin saludar. Abordamos cuestiones de forma colectiva, como una asamblea que durara siglos. Aquella liebre de allá, yo mismo y la liebre que mataban los cazadores de Napoleón, y la liebre sobre la que caían las flechas neandertales y la liebre que se quemó en Hiroshima, es como que todos somos la misma liebre. Distintos corazones, muchos kilómetros de intestinos, pero un solo concepto. Tenemos sí, cada cual nuestra historia. Un tío mío, por ejemplo, fue picado en el hocico por tres abejas. Le quedó un tic para siempre, como si todo el tiempo se las sacara con la pata. A un chico de la madriguera del otro lado casi lo pisa un camión.


Me gusta (nos gusta?) que me de el sol mientras voy entre las piedras colina arriba. Todo el tiempo como. Prefiero –quién no- los tallos tiernos y las frutas, pero no se puede pretender nada, la consigna es masticar lo que se encuentre. A mí la boca me sabe a hierba. La cosa es comer sin ser comido: te detenés demasiado en la misma planta y sonaste. Igual, he visto morir una liebre y creo que no sufrió demasiado. Cuando el puma le sacaba la vida partiéndole el cogote, llegué a pensar que ese primer contacto debe recordar a la infancia, cuando la madre te mueve de un lado a otro tirando del cuero de tu nuca. Una boca cálida en cada extremo de la vida.

Está cayendo el sol, voy a bajar. Las piedras están calientes.

Águila.