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jueves, 31 de mayo de 2012

  Lo que llamamos "realidad nacional" es cada día más la realidad porteña. Y a lo que llamamos "realidad" a secas es una contínua charla entre los periodistas del estrellato capitalino.
  En esta dicotomía de los que apoyan o no apoyan el modelo (porque es de vida o muerte, está dicho que no hay opción para los puntos medios) hay un país entero que se nos vuelve invisible. Entre la desaparición paulatina de los corresponsales y el ombliguismo de los que fijan la agenda o desarman la ajena, millares de asuntos no existen. Y en ese punto, cada bando es funcional al de enfrente. Cuanta más mierda le tiran a Víctor Hugo, más se dedica el uruguayo a editorializar sobre la maldad (cierta) de Magnetto y menos, por ejemplo, a ocuparse de la falta de educación sexual en Salta, territorio del chupacirios aliado de Urtubey.
  Sietecase contesta a la mersa del Martín Fierro que hay que ir a preguntarle cosas al poder económico. Pero jamás terminamos de decidir quién lo ejerce. Es sencillo reducirlo a Clarín. Más complicado sería atender a los pules sojeros, a los bancos (los verdaderos beneficiados de la brecha entre el discurso que llama a cambiar la matriz productica y un panorama de consumismo a crédito, hijo bastardo de la desconfianza para el ahorro), a los depredadores de minerales o pescados o a los peces gordos de la enorme inmobiliaria en que se ha transformado la Argentina. No terminamos de decidir quien lo ejerce porque se cierra el debate al toque de amagar abrirlo.
  Lo peor del caso es que hasta los periodistas del interior nos subimos a este bondi. Replicamos la cuestión de la azulidad del dólar, como si en nuestras economías regionales todo fueran ganancias equitativamente repartidas a las que hay que transformar en opciones de inversión.
  Clarín miente y 678 no tiene otra cosa que decir. Fuera de esa cantinela cotidiana, todo es silencio.

martes, 22 de mayo de 2012

En los edificios, los únicos que hablan, y sólo por las noches, son los baños.



Un idioma de mierda y agua,


de botiquines y mamparas.






Lo descubrí muy tarde,


al quitarle una pila de vida


a un reloj despertador.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Replay: Carta abierta a la niñez de mi hija

Hola niñez. Iba a escribirte una carta de despedida cuando te fueras, pero decidí en cambio escribirte mientras aún estás. Porque los homenajes hay que hacerlos en vida. De todos modos, si miro para adentro, todavía está conmigo la niñez que supe tener. Aparece de vez en cuando, viendo la tele, jugando con Lari a los muñecos o cuando la adultez me arrincona y me pregunta cosas que no sé responder.

Gracias niñez por estar con mi hija todavía, te lo digo mientras hacés tus valijas despaciosamente. Gracias porque otras, a esta edad, ya se han ido en un abrir y cerrar de ojos. Vos sabés que vivimos en un mundo que no las quiere a ustedes las niñeces.

Hay pequeñas personas sin niñez porque, sencillamente, se las esperaba para poner en sus bracitos responsabilidades de grandes. Se las ve juntando cartones, vendiendo diarios, abriendo puertas, cuidando autos, acarreando hermanos, recogiendo frutillas con barro hasta las orejas.

Hay humanos nuevos que por un rato fueron niños. Después vino el señor mercado a tentarlos con sus productos: discos, ropa, celulares. Debían despedir a su niñez para llegar a ese estado que hace relamer al lascivo mercado, para convertirse en preadolescentes que ven sus programas, conversan sus temas, adquieren sus uniformes. Y como son cosumidores son consumidos. Los cuerpos deben desarrollarse pronto para convertir a los humanos nuevos en población sexualmente activa. Es que la juventud ya no es lo que era, un concepto extendible de los 18 a los 40. Como los electrodomésticos, a poco de llegar, la gente se oxida, los hombres y mujeres se arruinan y el mercado pederasta deja de prestarles atención. Porque insisto, la plata grande la generan los más chicos. Por eso el culto a la juventud extrema, por eso las lolitas, por eso las mochilas vienen con portacelulares, por eso a las niñas les diseñan ropitas de bataclanas.

Por eso digo, niñez de mi hija, gracias por todavía estar. Porque en el fondo me gusta cuando me llama para matar arañas, porque todavía me consulta cosas que sé que ni bien te vayas me consultará sólo en ocasiones.... O no, en una de esas pudimos con su madre establecer con ella un vínculo que trascienda las edades. Acaso sigamos siendo lo importantes que nos creemos.

Como sea niñez quiero agradecerte la felicidad que me das. Al decir de Serrat, no pude impedir que sufra, no pude evitar domesticarla ni transferirle ciertas frustraciones. Pero sí pude darme cuenta y disfrutar del momento fugaz de su inocencia, sí pude entender que algunas cosas que no se miran de nuestros hijos, desaparecen como burbujas en el aire. Hay tanto padre ciego, hay tanto padre que nunca ejerce, con tanto apuro por jubilarse, que creo, infancia, que venimos haciendo un buen equipo.

Te propongo que cuando te vayas, quedemos en encontrarnos de vez en cuando. Capaz que con mi propia niñez podamos reunirnos y jugar con Pluto, a que se enamora de la princesa.

Gracias niñez de mi hija. Sé que te tenés que ir. No haré como otros que se empecinan en que te quedes nomás para mantener la dependencia de sus hijos, los llenan de miedos, les enseñan a desconfiar de todos. De ninguna manera, la vida debe seguir su curso, la vida no es juego... Ya lo sabés, de eso nos venías hablando.

Un beso. Quedate un ratito más.



Yo

martes, 8 de mayo de 2012